Emergencia educativa

En vista de la transversalidad y relevancia del tema, he traducido al castellano (de prisa y corriendo) el artículo que publiqué ayer (aquí tenéis la versión original en catalán) sobre la emergencia educativa como consecuencia de la crisis del COVID-19. Las noticias se suceden a tal velocidad que, con unas 18 horas de diferencia, algunos párrafos se han quedado anticuados, era inevitable.

De todas las medidas que las administraciones públicas están poniendo en marcha para frenar la difusión del coronavirus (COVID-19), una de las que más parece preocupar a la opinión pública es el cierre del sistema educativo, sobre todo en los niveles de preescolar, primaria y secundaria. La primera reacción de los padres de alumnos de estas etapas ha sido preguntarse qué hacer con el hijos mientras ellos deben continuar asistiendo al trabajo; en un segundo momento, la preocupación se ha trasladado al impacto académico que este periodo sin clases puede llegar a tener. De hecho, parece que esta preocupación ha sido asumida por algunas autoridades educativas incluso antes de que las familias pensaran en ello.

En cuanto a la primera de las preocupaciones —que es grave y justificada, cierto—, no diré nada porque cae completamente fuera de mis capacidades profesionales como docente. Respecto a la segunda, sobre su importancia real y sobre las medidas que se están tomando, creo que tengo la obligación de compartir mi opinión. Eso sí, mi experiencia se limita a los niveles de ESO y bachillerato en diversos centros públicos de Valencia y de Cataluña, incluyendo dos cursos en un centro de educación para adultos, desde el curso 2000-2001 hasta el momento actual.

Cuando suspendieron las clases en Euskadi y anunciaron que los alumnos seguirían recibiendo docencia desde casa a través de Internet, me quedé muy sorprendido: ¿tan superior es la dotación digital en Euskadi respecto al País Valenciano y Cataluña? ¿Tan bien preparados están sus docentes como para improvisar el cambio de docencia tradicional (con algún nivel de complementos digitales) a docencia totalmente a distancia vía Internet? Como no conozco la situación allí ni los recursos del sistema educativo vasco, callé.

No he seguido las decisiones tomadas en la Comunidad de Madrid ni, posteriormente, en las otras que se han añadido a la medida (la avalancha de noticias es excesiva y, para proteger mi salud mental, tampoco he intentado estar al día de todos los detalles). Ahora bien, cuando fue Cataluña la que tomó esta decisión, obviamente, procuré escuchar con todas mis orejas las declaraciones del consejero del ramo (mi ramo, mi consejero) y fui a leer todas las informaciones enviadas por el Departamento de Educación. Y aquí vi un poco más de realismo.

Realismo porque el consejero Josep Bargalló, al ser preguntado por los periodistas sobre este aspecto y sobre si se aplicaría algún tipo de docencia a distancia a los centros de Cataluña, fue muy realista: reconoció que la solución docente vía Internet no era aplicable porque no se podía garantizar que todos los alumnos dispusieran, en casa, de los recursos digitales imprescindibles, (es decir, ordenador y conexión a Internet de calidad suficiente). Porque resulta que no, queridas criaturas que desempeñáis la ardua tarea de padres y madres, con el móvil no se pueden hacer todos los ejercicios de clase, no se pueden realizar redacciones ni largos trabajos como en un ordenador y no, no es nada cómodo trabajar (trabajar, no jugar) durante un par de horas al día (¿alguien dijo seis horas? sí, hombre, y yo voy y me lo creo).

Sin embargo, el consejero Bargalló no se extendió con otras dificultades (ni los periodistas le pidieron más detalles ni con me pareció que fuera el momento para aclararlos) que impedían aplicar medidas de estas características. Intentaré explicaros cómo de grande es el problema (y soy consciente de que hay detalles que se me escapan, porque mi visión es limitada: una exposición completa sería mucho más larga que este artículo —y ya os aviso de que supera las 4.000 palabras: si todavía no habéis cenado, dejad la lectura para más tarde—).

A diferencia de lo que creen la mayoría de los padres de alumnos en edad escolar, el trabajo de los profesores no es dar clase. Sorpresa! Dar clase es sólo una parte de nuestro trabajo, pero sólo eso, una parte. Y una parte que depende de otros, de muchas otras, mucho menos visibles pero igualmente importantes (porque, sin ellas, no seríamos profesores, sino monologuistas de un programa de humor de tercera categoría).

Para empezar, cuando los profesores entramos en clase, no abrimos el libro por el punto donde nos quedamos al final de la clase anterior ni seguimos tan felices como quien sigue la lectura una novela de Marcial Lafuente Estefanía o de la Barbara Cartland a partir del lugar donde dejamos el señalador. El «libro» (que ni siquiera es el material didáctico más importante) no marca nuestro día a día: nuestro «calendario» viene marcado, entre otras cosas, por unos documentos llamados Programación didáctica y Unidades didácticas, que describen de forma organizada y clara, entre otros, los siguientes elementos:

  1. objetivos didácticos (qué quieren las autoridades educativas que aprendan vuestros hijos),
  2. contenidos que servirán para tratar de alcanzar aquellos objetivos didácticos (lo que antiguamente llamábamos «temario»),
  3. materiales didácticos a emplear para alcanzar aquellos objetivos desarrollando ese temario (entre los que aparece el famoso «libro»),
  4. metodología con la que trabajaremos con aquellos materiales para alcanzar aquellos objetivos desarrollando aquel temario (para los que no forman parte del profesorado: una serie de explicaciones extremadamente abstractos con muchas palabras raras, muy largas y casi siempre esdrújulas y sobreesdrújulas; ¿recordáis los textos de filosofía que no entendíais cuando estudiabais bachillerato?, pues, por un estilo),
  5. criterios y recursos de evaluación con que comprobaremos si los alumnos han alcanzado o no aquellos objetivos didácticos que nos habíamos planteado en el primer punto (es decir, descripción de cómo nos lo montaremos para saber si vuestros hijos aprueban o no; parece fácil, pero, en realidad, es tan abstracto y esotérico como el punto 4).

La nomenclatura de estos documentos puede variar de una comunidad a otra (de hecho, la nomenclatura, estructura y contenidos de Programaciones y Unidades varía cada pocos años,(para desesperación del personal docente, que los tenemos que elaborar cada curso). En Cataluña, con la Programación didáctica se recoge el conjunto de estas informaciones para cada curso; en cambio, para cada «tema» o «lección» (por emplear dos de las nomenclaturas antiguas que han caído en desuso), la descripción de estos detalles se recoge en una Unidad didáctica.

Los profesores elaboramos estos documentos cada curso porque, entre otras exigencias, estamos obligados a adaptarlos a la realidad docente (a la realidad que representan vuestros hijos), y esta realidad no sólo cambia de año en año, sino que puede variar mucho de un grupo clase a otro, incluso dentro del mismo centro. Grosso modo, la Programación didáctica se confeccionará durante el mes de septiembre; las Unidades didácticas, en cambio, antes del inicio de cada trimestre (porque también deben tener en cuenta la evolución de cada grupo y, por supuesto, estamos obligados a adaptarnos a las nuevas realidades).

Ah, por si no os ha quedado claro: si un profesor imparte una misma materia en cuatro grupos diferentes del mismo nivel, ha confeccionar cuatro Programaciones y cuatro grupos de Unidades didácticas con las peculiaridades que cada grupo necesite. ¿Das Matemáticas en los cuatro grupos de 3º ESO y has dividido el trabajo anual en 12 unidades didácticas? Pues, debes elaborar cuatro Programaciones didácticas y 48 Unidades didácticas. Un profesor normal puede impartir clase a media docena de grupos; si le tocan materias con menos de dos horas de docencia semanal, también le tocarán más grupos y, por tanto, este trabajo burocrático y organizativo será mayor.

Luego, están los casos a tratar individualmente, alumnos con necesidades educativas especiales que hay que tratar con adaptaciones personalizadas a partir de los dos bloques de documentos descritos en el párrafo anterior. Déficits visuales, auditivos, de movilidad; dislexia; base de conocimientos inferior a la que corresponde por edad por motivos diversos; incorporación tardía al centro educativo, alumnos recién llegados que no conocen las lenguas vehiculares (o que no conocen el alfabeto latino); exigencias familiares que vetan algunos contenidos o algunas actividades (oh, sí: el pin parental también lo sufrimos desde hace años en Cataluña, pero lo hemos disfrazado bajo el eufemismo y el paraguas de «atención a la diversidad»)…

¿Te has mareado con el resumen que os estoy presentando? Pues, lo siento, pero es sólo eso, un resumen muy resumido sin entrar en ninguno de los detalles que afectan a cada documento. Si dispones de un par de semanas libres (ejem…), te podría hacer una pequeña y muy breve introducción superficial del concepto competencias básicas y su aplicación práctica, por hablar sólo del concepto más importante en el actual ordenamiento educativo toda Europa. Ahora, sin embargo, me gustaría seguir con el tema principal.

Bueno, pues, para poder impartir clase de manera completa por vía telemática, como esto no está contemplado ni en las Programaciones didácticas ni en las Unidades didácticas, los profesores deberíamos rehacerlas de arriba abajo, es decir, volver a hacer de nuevo todo el trabajo de planificación que hemos hecho hasta ahora.

¿Qué dice? ¿Que eso es nuestro trabajo? Pues, sí, muy bien. ¿Que ahora tenemos tiempo para hacerlo porque se han suspendido las clases? Sí, señora, tiene usted toda la razón. Pero este trabajo, hoy, viernes, primer día de suspensión de las clases, no está hecho, y si usted pretende que, hoy mismo, apliquemos un sistema totalmente diferente al que sabemos aplicar, sin tenerlo planificado, sin disponer del material digital que sería necesario para llevarlo a cabo, sin saber durante cuánto tiempo lo tendremos que aplicar, sin haber evaluado nunca en estas condiciones, sin saber si tendremos que evaluar en estas condiciones y sin tener, no digo ya formación, sino ni siquiera información sobre cómo llevarlo a cabo; si usted pretende todo esto, digo, lo que usted nos está pidiendo es que improvisemos sobre la educación de su hijo.

(Llegados a este punto, me veo obligado a pedirle que vuelva a leer el párrafo anterior como mínimo cinco veces, hasta que pueda resumir de manera comprensible. En serio, es lo más importante de todo lo que ha leído hasta a esta línea y, si no lo entiende, no vale la pena que siga leyendo.)

O quizás este padre hipotético sólo nos está pidiendo algo mucho más humano y mucho más comprensible: que tengamos entretenido a su hijo mientras dura esta situación de emergencia. Pues, mire, no, entretener su hijo no es mi misión: tengo vocación de actor y de payaso, pero me quedé en profesor y mi misión es educar, no entretener.

No sé si, con los párrafos anteriores, habré conseguido o no haceros entender que pretender sustituir la educación presencial por educación a distancia, de un día para otro, en alumnos de preescolar, primaria, secundaria y bachillerato (y supongo que también en ciclos formativos, pero como no es mi campo, no quiero opinar sobre ello) es una barbaridad pedagógica de proporciones babélicas. Si no lo he conseguido, supongo que es culpa mía, que llevo demasiados años explicando cosas a adolescentes y preadolescentes y he perdido la práctica de comunicarme con adultos (o, como mínimo, con adultos no docentes); si es así, le pido disculpas por haberle hecho leer este testamento (y le aconsejo que cambie a cualquier tertulia de Tele5, que seguro que sus explicaciones le resultarán más fáciles de entender que las mías; no le dirán nada que tenga la más mínima cordura, pero le harán sentirse como si comprendiera toda el problema en profundidad y estuviera en posesión de las soluciones más adecuadas).

Ahora bien, si, por el contrario, ha entendido tanto los argumentos del consejero Bargalló como los míos (independientemente de si está de si los comparte o no, ¿eh?), le añadiré algunos inconvenientes más que se suman a los anteriores. Porque los problemas no acaban aquí, ¿qué se había pensado?

No sólo hay familias que, como apuntaba el Consejero de Educación, no disponen de los recursos necesarios para hacer este cambio pedagógico, sino que en muchos centros públicos (de Cataluña; y, por lo que sé, en otras comunidades la situación es similar) no existe la infraestructura necesaria: no hay ordenadores de aula en todas las aulas, sino «aulas TIC», unas pocas, a donde hay que llevar a los alumnos cuando se quieren utilizar. En estas aulas, una dotación habitual es 15 + 1, es decir, 15 ordenadores para los alumnos y uno para el profesor. Desgraciadamente, la ratio normal en secundaria ronda, y a menudo supera, los 30 alumnos por grupo (en bachillerato, todavía es más alta), por lo que, a menudo, los alumnos deben compartir ordenador por parejas (y, ya se lo pueden imaginar: un alumno hace mientras el otro mira… o se distrae). Y esto hace que la pedagogía digital se aplique con cuentagotas.

Tampoco la conexión a Internet suele ser suficiente cuando alguna actividad exige un uso intensivo de ella. Sin embargo, he de reconocer que esta situación ha mejorado mucho en los últimos dos o tres años. Pero si tuviéramos un ordenador por alumno, volveríamos a quedarnos con el culo al aire.

¿Acaban aquí los problemas? Pues, no, en absoluto. Desgraciadamente, tengo que reconocer que muchos profesores no tienen la formación necesaria para aplicar los recursos digitales… si los recursos digitales existiera, cosa que, como acabo de decir, no sucede. Analizar el porqué de esta situación nefasta, de esta falta de preparación, exigiría, no ya un largo artículo, sino toda una tesis doctoral multidisciplinar. Sin embargo, permítanme romper una lanza en favor de mis compañeros: ¿cómo puñetas puede uno esperar que los profesores intenten formarse (por su cuenta: el sistema proporciona pocas oportunidades para hacerlo) para utilizar unos recursos que ni están ni se les espera? Sobre todo, cuando, simultáneamente, se nos bombardea con exigencias retóricas (burocracia, moriremos de burocracia) y aún no se han desaplicado los recortes en recursos que se aplicaron, a golpe de machete, con la excusa de la crisis del 2008? Lo siento, pero los docentes llevamos doce años pagando la crisis de la burbuja inmobiliaria y el rescate de los bancos, estamos quemados y no estamos en condiciones de hacer milagros ante esta nueva crisis que los años (los lustros, los decenios) de pésima gestión por parte de nuestros políticos (catalanes, españoles y europeos) han convertido en casi insuperable por falta de recursos.

Porque lo que nos está pidiendo es eso, un milagro.

¿Pensaréis que ya he terminado con la lista de problemas, eh? ¡Ay, inocentes! Ahora os toca a vosotros y a vuestros hijos! Porque, sí, tiernas criaturas que habéis osado, contra la más elemental de las prudencias, reproduciros en una en una sociedad que sólo piensa en el presente y nunca en el futuro: vosotros y vuestros hijos también formáis parte del sistema educativo y, por tanto, sois parte del problema.

Ayer, jueves, cuando miles de docentes comunicaban a los alumnos de primaria, secundaria y bachillerato la noticia de la suspensión de las clases durante dos semanas, muchos de estos niños y niñas de apariencia angelical y comportamiento encomiable cuando se encuentran bajo mirada severa de sus progenitores estallaron con un griterío alocado y descontrolado, golpearon el suelo con los pies y las mesas con los puños, se levantaron entre expresiones de alegría, lanzaron papeles y lapiceros al cielo y, en muchos casos, abandonaron las aulas de forma totalmente descontrolada y, en ocasiones, arrollando a los docentes que trataban de poner orden para evitar accidentes.

¿Os parece que exagero? ¿Que vuestros hijos no lo harían nunca? ¿O que, si acaso, eso habrá pasado en el grupo de al lado, porque vuestro hijo os explica que siempre son los del grupo del lado los que hacen ruido, molestan y hacen muchas animaladas realmente inexplicables? Bueno, sí, probablemente tenéis razón: habrán sido los del grupo del lado.

Pero, aún así, creo que admitiréis que el mal ejemplo dado por los traviesísimos alumnos del grupo de al lado quizás habrá influido una pizca en los ánimos de vuestros hijos y, supongo, habrán llegado a casa con la idea de empezar una especie de ensayo general para las vacaciones de Semana Santa. Por otra parte, las buenas temperaturas de los últimos días también les han despertado del letargo invernal y, probablemente, ya los habíais notado un poco nerviosillos. En cualquier caso, son niños y es lógico que, si no están enfermos, tengan más ganas de jugar que de estudiar las oraciones subordinadas de relativo o las valencias de los elementos de la tabla periódica: sería injusto ser demasiado severos con ellos (sobre todo, después de ver en los telediarios de anoche las imágenes de cientos de miles de adultos que, huyendo de la zona más afectada del estado español, han avanzado las vacaciones de Semana Santa y estaban celebrando su genial ocurrencia, cerveza en mano, en las playas de Murcia, de Alicante, de Andalucía, mientras brindan a la cámara: si los adultos dan este ejemplo, yo me guardaré muy mucho de criticar la reacción de niños, preadolescentes y adolescentes).

Y, finalmente, ahora os toca a vosotros, padres y madres. Pero no os preocupéis, que ya me duelen las palmas de repartir collejas, pescozones y cachetes (retóricos) y me pilláis cansado y sin aliento.

Muchos de vosotros sois conscientes de no dominar el mundo digital y, en una situación como ésta, es probable que os sintáis desbordados y que tengáis la sensación, no ya de no poder ayudar a vuestros hijos con los deberes, sino de ni siquiera entender cómo se organizan estos deberes. Es una sensación normal; pero, de hecho, si lo pensáis un poco, ni siquiera es una sensación nueva: a menudo os he escuchado comentar que, en muchas materias, no podéis ayudar a vuestros hijos con los deberes porque no los entendéis (y la verdad es que resulta difícil dominar todas las materias, todas, que se imparten a nivel de bachillerato; una, un par, aquellas que más se acercan a vuestra especialidad profesional, todavía; pero, ¿quién de vosotros está “especializado en todo»? ).

Y, sin embargo, esto no os ha impedido preocuparos por cómo procedían vuestros hijos, tanto académicamente como a nivel humano; os habéis reunido con los tutores cuando ha sido necesario para recibir información puntual y detallada y, en ocasiones, también habéis hablado con los profesores de aquellas asignaturas que les ofrecían más dificultades. Pues, con la docencia digital (allí donde la estén aplicando o, mejor dicho, allí donde estén intentando aplicarla) pasa lo mismo, y no os deberíais preocuparse en exceso si no entendéis cómo se organiza y cómo funciona.

Ya sé, ya sé que muchos de vosotros estáis preocupados porque, si pierden dos, tres, cuatro semanas de clase, no les dará tiempo a terminar el temario y… Bueno, pues, ahora os diré una cosa que no sé si entenderéis del todo: a nivel de primaria y de secundaria, si no acaban de ver todo el temario, no pasa nada, absolutamente nada.

Como ya veo las caras de desconcierto, lo repetiré: A NIVEL DE PRIMARIA Y DE SECUNDARIA, SI NO ACABAN DE VER TODO EL TEMARIO, NO PASA NADA, ABSOLUTAMENTE NADA. Y, a nivel de bachillerato, más o menos pienso lo mismo. Sobre ciclos formativos y universidad, no me atrevo a opinar porque, como ya he dicho, no son mis ámbitos. Pero, en preescolar, primaria y secundaria, creo que no deberíais preocuparos por este tema. Intentaré aclararos el porqué de mi opinión como docente.

En primer lugar, los objetivos de las etapas de educación obligatoria (primaria y secundaria) se centran más en la maduración de la persona que en los contenidos. Los contenidos son una herramienta, pero no la única y, en mi opinión, ni siquiera la más importante para conseguir que los niños lleven a buen término este proceso de maduración.

Atención, que esto no lo digo yo: los responsables europeos para la armonización educativa, al ver que era imposible llegar a acuerdos con respecto a los contenidos que los alumnos de países diversos debían dominar, cambiaron el enfoque y, tras muchas discusiones, consensuaron unas competencias básicas, un conjunto de habilidades que los alumnos debían alcanzar a lo largo de las etapas de escolarización obligatoria. Así, cada estado establece libremente el temario que debería llevar a sus alumnos a alcanzar estas competencias; esto quiere decir que cada estado tiene un temario diferente y, sin embargo, las competencias, las habilidades, son las mismas. Por lo tanto, tranquilos: si cada estado de Europa (y hasta cada comunidad autónoma) tiene un temario diferente, significa que el temario no es la clave del nivel de formación que alcanzarán vuestros hijos.

Además, aquellas competencias básicas se deben conseguir a lo largo de los seis años de primaria más los cuatro de secundaria: ¿de verdad creéis que el trabajo conjunto y continuado de diez años se va a poner en peligro por el hecho de perder dos semanas de clase? ¿que vuestros hijos van a olvidar todo lo que saben por el hecho de quedarse en casa durante menos de la cuarta parte del tiempo de las vacaciones de verano? ¿De verdad tenéis tan poca confianza en la capacidad de sus hijos? ¿De verdad piensa que vuestros hijos son tan cortitos como para olvidarlo todo en dos semanas? ¿Pensáis que vuestros hijos son burros o qué?

(No me imaginaba yo que iba a terminar este artículo defendiendo a vuestros hijos, que tanto nos hacen sufrir, a los docentes; pero, mira, cosas que pasan…)

Por lo tanto, si vuestros hijos tienen que pasar dos o tres semanas en casa, no os preocupéis, que el problema académico es la menor de vuestras preocupaciones. Si habéis visto los telediarios, ya lo deberíais haber asumido.

Entonces, ¿por qué algunas comunidades se han lanzado a la aventura de la pedagogía digital? Pues, no lo sé; pero, tal y como han ido las cosas, no parece que hayan consultado ni a los profesores (para saber si estaban preparados para hacer frente a este desafío), ni a los sindicatos (por discutir si este cambio en las condiciones laborales de los docentes era asumible), ni a los asesores legales correspondientes (para averiguar si esta medida vulneraba o no los derechos laborales de los docentes, que parece a nadie le importa una mierda este detalle insignificante).

No sé a quién habrán consultado, pero no seré yo quien insinúe que existe alguna relación entre esta decisión —en mi opinión, absurda e inviable, pero claramente dedicada a contentar a las familias— y el hecho de que el próximo 5 de abril esté previsto celebrar elecciones autonómicas en Euskadi. Será casualidad, estoy seguro: ¡no seáis mal pensados, joder!

Estimado lector, si has tenido la paciencia de llegar hasta aquí, te mereces un premio. Yo te ofrecería un paracetamol, porque hasta a mí me duele la cabeza después de escribir este mamotreto y supongo que tú te encontrarás en una situación similar. Por lo menos, este dolor de cabeza será un indicio de cuán complejo es el problema, la emergencia pedagógica a que todos juntos, docentes, familias, alumnos y políticos (ay, sí, qué le vamos a hacer, no podemos prescindir de ellos), tenemos que hacer frente. No pretendo que estés de acuerdo con mi opinión ni con mi punto de vista; pero, si empiezas a ser consciente de lo complicado que es el problema, ya me daré por satisfecho.

Lamento no ser capaz de ofrecerte soluciones a esta situación inesperada y trágica: como tú, yo también estoy desbordado (y tiemblo al pensar en cómo nos las arreglaremos para concluir el curso, una vez se reanuden las clases, de una manera eficiente y digna). Sólo puedo decirte que tus hijos son las personas que más deberías amar en este mundo (y estoy seguro de que es así) y que más feliz te habrían de hacer con su presencia; aprovecha, pues, si puedes, si tus horarios te lo permiten, ahora, para compartir un poco más de tiempo con ellos. Hoy, por ejemplo, mis vecinos han podido comer con sus niños y los he escuchado reír y jugar con ellos, cosa que no pueden hacer habitualmente entre semana. No siempre es fácil y no siempre es posible, lo sé; pero, tratad de encontrar unos minutos para estar con ellos, para escucharlos, tal vez para jugar o para leerles un cuento: el tiempo pasa muy deprisa y estas pequeñas alegrías de la vida irán quedando atrás y algún día os arrepentiréis de no haber aprovechado una oportunidad tan excepcional como ésta.

Y, sí, habladles sin miedo y con naturalidad de todo lo que está pasando, pregúntales qué piensan, mirad juntos las noticias y enseñadles a distinguir los datos de las opiniones, las opiniones fundadas de las infundadas, las noticias de los rumores. Si de verdad valoráis la educación de vuestros hijos, no la deleguéis completamente en maestros y profesores, porque ni en los grupos más reducidos estaremos nunca en condiciones de darles la atención que sólo vosotros les podéis ofrecer (y nosotros tampoco queremos usurpar vuestra función de padres).

Recordad que, durante estas semanas, la prioridad no es la educación, sino la salud, y, sobre todo, sobre todo, disfrutad de la compañía de vuestros hijos, que es la experiencia más bonita que podéis tener en la vida.

Cuidaos.

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